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¿Qué pasaría si Trump queda incapacitado por Covid-19 antes o después elecciones 3-11?

WASHINGTON, EE.UU, EFE.- El presidente Donald Trump padece covid-19 y ello ha sacudido e inquietado severamente a la opinión pública estadounidense y puesto en estado de alarma a la Casa Blanca, la campaña de reelección de Trump y al Partido Republicano.

Más allá del contexto de un presidente contagiado de una enfermedad que ha dejado más de 200,000 estadounidenses fallecidos pero que por meses Trump sistemáticamente minimizó y ante la que, incluso hasta esta misma semana, se negaba a promover y aplicar medidas básicas de prevención del contagio, como el uso universal de mascarillas y el distanciamiento social, el  hecho de  que Trump se encuentre enfermo y pudiese quedar incapacitado temporal o permanentemente para ejercer sus funciones institucionales impone severas tensiones y riesgos para la nación.

Y dado que el covid-19 es letal y Trump es una persona, por su edad y condición, de alto riesgo de sufrir complicaciones severas, muchos han comenzado a revisar qué hacer ante la falta temporal o permanente del presidente y candidato presidencial.

Es de desear que Trump, su esposa Melania y otras personas contagiadas se recuperen satisfactoriamente, con el mínimo de afectación. Y hasta el momento, según lo  que se ha informado, el presidente solo ha presentado síntomas menores de covid-19, aunque se ha informado de último momento que Trump será trasladado al Hospital Walter Reed en Washington como precaución y para ofrecerle mejor tratamiento.

Y parece claro que dentro y fuera del gobierno se analizan los escenarios que podrían tener lugar en caso de una ausencia del presidente.

 

El presidente ausente

La propia Constitución, en su Enmienda 25, establece que cuando el mandatario queda incapacitado para ejercer sus funciones corresponde al vicepresidente ejercer temporalmente las responsabilidades de jefe de estado. En  ese escenario, una vez que el presidente recupere sus capacidades,  sus poderes le son restaurados.

Pero ello no se da en automático. El presidente mismo, o si eso no es posible el vicepresidente y una mayoría de su gabinete, deben declarar que existe esa incapacidad y ellos mismos, según el caso, han de reportar que ya no existe para que se dé formalmente la entrega y devolución temporal de los poderes presidenciales.

Eso ha sucedido ya en el  pasado. En 1985,  la Enmienda 25 fue invocada cuando el presidente Ronald Reagan se sometió a una cirugía (pero no cuando fue herido de bala en el atentado de 1981) y el poder quedó temporalmente en  manos del vicepresidente George Bush. Luego, en 2002 y 2007 el presidente George W. Bush (hijo) invocó esa enmienda cuando se sometió a cirugías, delegando el poder en ambas ocasiones en el vicepresidente Dick Cheney. En todos esos casos, una vez el presidente se recuperó sus poderes le fueron restaurados.

El complejo escenario en el que  el presidente no pueda, o no quiera, declarar su incapacidad también está contemplado en la Enmienda 25, y en él es el vicepresidente y la mayoría del gabinete quienes declaran la incapacidad o indican cuándo esta ha concluido, con el Congreso involucrado en caso de que el presidente lo impugnase. Pero nunca se ha dado el caso.

Hasta ahora, aunque con síntomas y en cuarentena, Trump mantiene sus poderes presidenciales y no se ha indicado hasta el momento que exista la intención, ni de él ni de otros, de invocar la Enmienda 25. Incluso se ha afirmado que continuará trabajando desde oficinas ubicadas en el Hospital Walter Reed y que no se dará tal transferencia de poderes.

i sus síntomas se agravaran y requiriese hospitalización mayor (eso le sucedió al primer ministro británico Boris Johnson hace unos meses), Trump podría verse en la necesidad de invocar la Enmienda 25 y delegar el poder en el vicepresidente Mike Pence. Y es posible, aunque hasta el momento pura especulación, que si la salud de Trump se agrava y él no quisiera reconocer su incapacidad, el vicepresidente y el gabinete podrían actuar para hacer la transferencia temporal de poderes en tanto Trump se recupera.

Ese último escenario, con todo, luce políticamente muy punzante, pues en el actual contexto político-electoral la noción de que Trump se niegue a aceptar la realidad de su incapacidad al grado de que se tenga que forzar su sustitución temporal sería especialmente punzante y con posibles repercusiones en la decisión de los votantes en la elección del próximo 3 de noviembre.

También es posible, como sucedió tras el intento de asesinato que sufrió Reagan, que no se invoque la Enmienda 25. Hubo consenso de que en ese momento, con la vida del presidente en peligro y luego con el escenario de una posible incapacidad duradera, debió invocarse esa norma. El resultado fue que existió un vacío de poder por un tiempo, lo que implicó severos riesgos para la institucionalidad y seguridad nacional. Reagan se salvó y reasumió sus poderes rápidamente, y en todo caso su administración pudo superar esa crisis.

En el caso presente, si Trump quedase incapacitado, es de suponer que se habrá preparado previamente (es posible que ya se encuentre lista, aunque no se haya decidido usarla) la invocación de la Enmienda 25. Es de esperar que no sea necesaria, pero la posibilidad existe y presidentes en el pasado han tomado esa precaución.

De ser ese el caso, el vicepresidente Pence se convertiría en presidente en funciones para garantizar la continuidad del gobierno y la toma de decisiones críticas hasta que Trump se recupere. Y, en el escenario de que la enfermedad fuese tan grave que no pudiera recuperarse antes del fin de su actual periodo de gobierno, el 20 de enero de 2021, Pence se mantendría al frente hasta que se ejerza el cambio de poderes y asuma quien resulte electo en los comicios del 3 de noviembre.

El candidato ausente

Mucho más incierto es que pasa cuando un candidato presidencial queda incapacitado antes o después del día de las elecciones. La Constitución es clara en relación a la incapacidad temporal del presidente, pero la situación de un candidato es aparte y, en realidad, la decisión al respecto queda en manos de la dirigencia del partido correspondiente.

Si esa incapacidad o muerte del candidato se da en las primeras etapas de la campaña, su sustitución resulta relativamente más simple: el partido designa a un nuevo candidato, conforme a sus reglas internas, y existe tiempo suficiente para que los ciudadanos identifiquen al nuevo contendiente, de modo que sea claro que su voto es por él y no por el candidato reemplazado.

Pero a esta altura del proceso, con la elección en pocos días, las boletas electorales ya impresas con los nombres de los candidatos vigentes y con millones de votos ya emitidos por correo a nombre de ellos, el cambio resulta más complejo.

Si Trump quedase incapacitado y  no pudiese continuar con sus actividades de campaña, resultaría muy difícil y tenso reemplazarlo a esta altura del proceso. Eso podría incluso afectar las posibilidades mismas del Partido Republicano y desatar suspicacias y resistencias. Por ello, luce más probable que en esa eventualidad las cosas se mantengan sin cambio, con Trump como candidato con el planteamiento de que en cuanto se recupere volverá a su actividad.

Si eso no sucediese antes del día de las elecciones, y en el caso de ganar la elección, las cosas se complican. Si el candidato ganador está incapacitado, los integrantes del Colegio Electoral, asignados a quien gane el voto popular en cada estado y cuyos votos eligen al presidente, no necesariamente estarían obligados a votar por el candidato incapacitado y podrían, en cambio, optar por un reemplazo que le presentase el partido ganador.

Recientemente, la Corte Suprema dictaminó que los integrantes del Colegio Electoral deben votar por el candidato del partido que haya ganado el voto popular en su estado, pero se ha señalado que eso no se aplicaría si ese candidato está incapacitado para ejercer sus funciones. Es decir, esos electores estarían en la libertad de votar por Trump o por un eventual sustituto republicano. Pero si al final ello suscitase una división de los votos que llevara a que ningún candidato lograra los 270 votos para ser electo, la decisión al respecto pasaría a la Cámara de Representantes.

Y si  un Trump incapacitado gana la elección, ¿qué pasaría si llega el inicio del nuevo periodo, el 20 de enero de 2021, y él aún no se ha recuperado?. La situación nuevamente se complica. Si el presidente electo fallece antes de ser investido formalmente, la Constitución establece que el vicepresidente electo se convierte en el mandatario.

Pero el escenario se torna confuso si el presidente electo no ha fallecido sino que se encuentra temporalmente incapacitado. ¿Se volvería Pence presidente en funciones (o se mantendría como tal, pues en este supuesto la incapacidad de Trump llevaría ya muchas semanas) hasta que Trump se recupere y asuma el poder en su segundo mandato, como sería el caso si esa incapacidad sucede en otro momento de su periodo de acuerdo a la Enmienda 25? ¿O se vuelve el vicepresidente electo presidente en plena capacidad y con ello se deja relegado al presidente electo incapacitado?

Mayor análisis, y posiblemente fallos de la Corte, se requerirían para dilucidar y validar esas decisiones en caso de esos supuestoss tuvieran lugar.

En todo caso, aunque nada puede darse por sentado, hasta el momento la gran mayoría de las encuestas a escala nacional y en los estados clave señalan a Joe Biden como el más probable ganador de la elección presidencial, en cuyo caso los escenarios anteriores de un Trump incapacitado dejarían de tener sentido.

El Hospital Militar Walter Reed, en Bethesda, Maryland, cerca de Washington DC. Se indicó que Donald Trump sería trasladado a ese hospital tras dar positivo por covid-19. (Reuters)Ver fotos

El Hospital Militar Walter Reed, en Bethesda, Maryland, cerca de Washington DC. Se indicó que Donald Trump sería trasladado a ese hospital tras dar positivo por covid-19.

La elección

Técnicamente es posible constitucionalmente que el Congreso aplace la elección presidencial, con lo que se podría evitar los anteriores entuertos, pero eso resulta altamente improbable en el momento actual. Primero porque la Cámara de Representantes quizá no apoyaría esa decisión dada la presente polarización política y, sobre todo, porque la incapacidad de un candidato no sería suficiente motivo para alterar la fecha de una elección, lo que solo podría hacerse (aunque nunca se ha dado el caso, ni en tiempos de guerra) por motivos mayúsculos que hicieran imposible realizar los comicios.

La candidatura de Trump ciertamente se ha visto afectada por el terrible saldo del covid-19 en el país y la percepción de que su administración no ha estado a la altura de la ruda crisis. Pero es difícil hasta el momento identificar si el positivo de covid-19 de Trump tendrá algún impacto en la intención de voto, a favor o en contra de él, y menos aún cuál sería ese efecto si el presidente se deteriorase al grado de quedar incapacitado temporalmente.

En donde sí podrían darse impactos de relevancia si Trump estuviese incapacitado para el día de las elecciones y en los días posteriores, es que los ominosos escenarios de un Trump que se proclame ganador antes de tiempo (sin esperar a que se cuente todo el voto por correo, que él ha estigmatizado continuamente y sin pruebas de fraudulento) o en el que no reconozca su derrota podrían no suceder, pues es el protagonismo directo de Trump el factor que ha catalizado esos supuestos.

Pence y el Partido Republicano, sin el acicate de un Trump contestatario, posiblemente no incurrirían en esas actitudes desestabilizadoras con el mismo fragor, aunque es plausible que sí recurran a multitud de recursos legales si consideran que la elección es muy cerrada y con circunstancias que motiven impugnaciones.

Dado que todo se encuentra actualmente sumido en la incertidumbre y en la especulación, en realidad no hay claridad sobre las laberínticas posibilidades que se han abierto tras el positivo de covid-19 del presidente.

Lo deseable es que Trump se recupere, que las instituciones mantengan su estabilidad y que las elecciones prosigan su curso con apego a la legalidad y la civilidad. Lo imperativo es que se permita un voto libre y efectivo cuyo resultado sea cabalmente contado y respetado. Eso dará certidumbre, fortaleza y legitimidad a quien resulte electo presidente.

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